miércoles, 30 de marzo de 2011

El legado de Prometeo

Escrito por Víctor Menco Haeckermann    
Martes, 17 de Noviembre de 2009 15:05 
Miguel Torres Pereira. Estación del instante. Colección Los Conjurados, Bogotá, 2007. 73 páginas.

Cuando los hombres, necesitados de luz y calor perpetuos, recibieron de Prometeo el fuego robado a los dioses, sabían que les sobrevendría un castigo. La mitología griega nos habla de las plagas que por esa causa Zeus mandó al mundo, contenidas en la Caja de Pandora. Pero el poemario Estación del Instante, del escritor colombiano Miguel Torres Pereira, nos revela un castigo más doloroso: El fuego, en las manos de los humanos, nunca sería eterno como el fuego del Olimpo.

Fue entonces que el hombre –si preferimos la recreación del mito que hace el poeta– entendió instintivamente que la llama sería frágil en sus manos. Temeroso de perderla para siempre, la resguardó de la lluvia y el viento en el fondo de la caverna. Allí le construyó un altar y prometió avivarla cada cierto tiempo con el pasto seco de los campos, y sacarla a la intemperie sólo en pequeñas porciones, de antemano destinadas a perecer.

Esta es una de las lecturas que nos permite entender al hombre del que nos habla el poeta Torres Pereira (Arjona, Bolívar, 1960), autor también del poemario De luna y piel en otro ámbito (1996). Este sujeto, a pesar de que se encuentra en la civilización, todavía le teme al regreso de la oscuridad perpetua como castigo divino: “Tal vez esta sombra que se escurre / sea la medida exacta de mi miedo”. Vive aún en ese universo, ya no primitivo, sino primigenio, elemental, como se refleja en el poema Atrapando un poco de luz: “Bastó la orilla vacilante de las seis de la tarde / para entender que aún quedaba luz / entre mis manos / Bastó el corredor apretado de penumbras / para saber que mi madre me pediría prestada / la luz que atrapé para encender su lámpara / y convocar una legión de sombras […] Ahora comprendo por qué la ventana / permanece cerrada / Mamá cree que la noche apagará su lámpara / teme que la poca luz que aún queda en mis manos / la gasten las luciérnagas para pintar su abdomen / y la noche nos devore”.

Como hemos visto, una vez que ha perdido el fuego, este hombre se aferra, como última esperanza, a la claridad de la tarde o a la luz que le ofrecen los relámpagos en medio de la noche (la otra tarde). Necesita así sea de esos destellos de claridad para encontrarse a sí mismo: “En el celaje del relámpago / hallé el camino de la infancia […] Infancia sagrada ungida con hierbas y asombros / festejada en el filo de la luz / con una ronda de pocas voces / Sólo éramos tres anudando / miedos en el reclamo del trueno / en la desolación de los espejos / en los baúles y su abandono / Sólo éramos tres en medio de la tarde / en el corazón de la noche”.

Los tres capítulos del libro: Atrapando un poco de luz, Orillas confesadas y En otro ámbito, están atravesados por esa condena que padece el yo poético: elementos como el humo, indicio del fuego, le recuerdan a su padre inaugurando el día con una fogata como si con ella encendiera la luz diurna, o su abuelo reduciendo el tiempo al fuego. A ese mismo humo le suplica: “Muéstrame las cavernas y su incendio milenario / las erupciones y el rayo / que confiesan tu presencia fragosa / cuéntame de Prometeo y la antorcha / que encendió en la esfera del sol / del tabaco del abuelo y sus dos leguas de camino”.

El fuego terrenal está condenado a extinguirse, es el destino terrible. Es una metáfora de la vida, ya que la vida es una de las estaciones del Ser, o, ese instante que le regala la muerte; de la misma manera en que el fuego, en esencia, contiene su propia ruina: “Fue Prometeo jugando con los hombres / quien se atrevió a colocar en sus manos / el fuego / mi promesa de ceniza”. Sin embargo, el poeta, hijo directo de Prometeo, parece tener su contra-venganza. Porque, a pesar de todo, la luz de los dioses (el sol, el rayo, las estrellas, la luna y todo lo incandescente de la naturaleza) también se vuelve frágil si pasa por el lenguaje poético: al fin y al cabo hay un “relámpago que perece en la tiniebla”, “El aljibe se estremece / Su intimidad de agua / aloja una luna que se deshace / bajo diálogos de lluvia”.

*Escritor e investigador literario.

Fuente: Dominical, diario El Universal, Cartagena, enero 20 de 2008, Nº 1132, pág. 7.

Amigos de Miguel Torres Pereira

Argemiro Menco, Hernando Socarras, Miguel Torres Pereira


Meira Del Mar, Miguel Torres Pereira

Miguel Torres Pereira, Gabriel Garcia Marquez

viernes, 25 de febrero de 2011

El legado de Prometeo

La poesía de Miguel Torres Pereira
JAIME ANGULO BOSSA
 
Su título, “Estación del instante”, pasma. Menos no se puede soñar, ni cantar. Gota de pluma de poeta y respiro detenido que lo mece, mira y se embelesa con ella.
Poemario breve, de enjuta pero tersa lira, llega a mí como paloma mensajera de la belleza desde Arjona, donde nació y vive su autor. Mis pasos, ya lejanos, se anticiparon allí a los suyos y quizás, si quitaran de sus trochas el tiempo y el polvo que los tapan, se verían las huellas del adolescente que yo era y no podía adivinar que alguien, posterior caminero, llevara en sus alforjas tesoro tan poético y con él deslumbrara al transeúnte anterior, que viejo escritor ahora, encandilado está por este adulto poeta de 49 años y la luz de su breviario lírico.
¿Su nombre? Miguel Torres Pereira cuyo segundo apellido, el mismo también de mi abuelo materno, le sirve para la poesía que hermosamente escribe y a mí tal vez para la dialéctica prosa de mi ideario. Por eso mientras él es pluma al viento que roza el corazón, lo deleita y de él se adueña, yo soy principio sembrado en mi conciencia siempre combatiente y combatido pero recio ante intolerantes que quisieran callarlo. Por eso pienso que el poema tiene más fuerza en lo bello que encierra que el cemento en la viga del político antipueblo que sobre ella cree sostenerse a sabiendas de las fracturas éticas que la quiebran.
Perteneciente a la “Colección Los Conjurados” de “Común Presencia Editores” y antecedido por magnífico prólogo de Argemiro Menco Mendoza, intelectual, emocional y estéticamente rapo los 46 poemas de “Estación del instante” y no los devuelvo. Ya los metí debajo de mis sueños para oírlos, acompasadamente con ellos, y comprender por qué el instante estacionado repetido en cada verso supera gigantesca belleza dicha de una vez.
Yo, y lo he confesado, que no pude ser poeta alado sino ideólogo de pies secos y he dicho por qué no pude, me declaro poseído por los poemas de “Estación del instante”. No siendo crítico literario sino víctima afortunada del buen gusto inmerso en la poesía, el pensamiento que profeso no me cierra el paso para llegar hasta ella basado en que el político acusado de roma sensibilidad, a veces la pule y canta. Al contrario: me lo abre como flor que se expande al ser tocada por el sol o la brisa. Ahora lo estoy por la gracia pequeñita del instante bellísimo que Torres el poeta estaciona. ¡Qué raro espécimen humano soy al pensar más cuando me asedian rumores estéticos como ahora! Lo digo sin rubores: No quiero que me quiten las esposas que esta poesía me ha puesto para que, preso de su hermoso aliento, me quede de pie ante ella alimentándome del arco iris de sus versos cuyos colores me llevarán al sitio donde nace el firmamento.
¿Cuál de los poemas de Torres me deleita más? ¿En cuál instante de esa estación fugaz sus versos paralizan mi mundo durante el segundo que requiere la inspiración? Enfilados como soldados del arte con sus morrales eternos, todos responden con dianas que señalan amor, dolor, vida, muerte, brisa y mar, mar de olas conjuradas huyendo del viento perseguidor.
Solidario con todos a ninguno cito, mas de pie sobre tan leve “Estación del instante” los llamo para que mi conciencia ideológica vea en ellos el alado corazón poético que no tuve.
*Abogado, catedrático, ex Representante, ex Senador, ex Gobernador, ex embajador ante la ONU.
http://www.eluniversal.com.co/opinion/columnas/la-poesia-de-miguel-torres-pereira

martes, 25 de enero de 2011

Primicia De La Sombre















Para Abreviar Estos Abismos

 
CRONOS (DIOS DEL TIEMPO)

Tiempo

Tiempo festejado en la danza
de este  trazo circular y urgente
de días sucediéndose
Celebrado en la liturgia
de un destino que niega
la vocación de sabernos en el asombro
o fugarnos ambiguos en el miedo

Tiempo cantado por el gallo
en la castidad del alba
ofrecido en su pregón
por la voz del verdulero
que anuncia el perejil y las mazorcas
cuando canta sus cebollas

Tiempo delineado en la coordenada secreta
que orienta al girasol  
en la fugacidad del colibrí y su vibrante aleteo 
en la distancia que separa a las astromelias del viento

Tiempo prisionero
insomne en la piedra y su oscuro silencio
en la memoria de  su inercia embestida
 en la arista cautiva en la geometría del cristal

Tiempo confesado por la lluvia
en los paraguas de la tarde
en el diálogo de la brisa
en el diáfano argumento de la luna en el aljibe
en el coqueto zumbido de alas
cuando ocurre el milagro de un néctar laborioso
en la queja del tambor y de la gaita
y su reclamo en la voz de los ancestros

Tiempo azotado por el trueno
rasgado por la violenta espina de la rosa  
estremecido por el fragor del fuego
por el dolor que purifica y salva
Tiempo sin origen
sin final
absoluto
rastro nómada de sombras
 en la clandestinidad de la luz
en la elementalidad del instante

Tiempo circular
sin llegada
sin regreso
tiempo total  intangible 
te ofrezco mi brevedad  mis cenizas
para que repitas el milagro
en mi caída a tus abismos                                        
en mi final.


Autor: Miguel Torres Pereira


Para abreviar estos abismos
               
La noche ensimismada
en su silencio unánime
acoge el vértigo
que traduce el lenguaje secreto de la zozobra

Coordenadas anónimas
de cada muerte que anticipa la caída
frente al vacio indescifrable
de espejos que devoran en su enigma
toda luz posible 

El asedio de una lágrima
en la pupila del miedo
me confirma esta nada que alojo
me niega este todo que grito

Somos silencios en la canción nómada
que confiesa sus raíces
                        en el duelo del pájaro
que llora al cadáver mutilado
que alguna vez hemos sido
                             en cada rio recorriéndonos
con su grito terrible
                             en la trayectoria del relámpago
que enciende el pábilo de la noche  
                             en la última llovizna
que bebemos en las manos
para reinventar el vértigo
                             en cada puente colgado
que abrevia estos abismos
donde oficia el dolor de ser fugaces
en el último salto
                             en el único vacío.

Autor: Miguel Torres Pereira

Atrapando Un Poco De Luz

UN MILAGRO CREPITANTE

Los dioses no sabían que yo amaba
el rito purificador
no advirtieron mi esencia fragorosa
tampoco sospecharon
que la intimidad de la piedra
me ofrecía su espíritu
en el grito de la hoguera

Fue Prometeo jugando con los hombres
quien se atrevió a colocar en sus manos
el fuego
mi promesa de ceniza


CREO EN LA LUZ Y EN LOS ASOMBROS
Detuve mi partida por creerle a la luz
que confirmó mis asombros

Advertí el murmullo de la eternidad
que aprisiona el caracol
voces haciéndose fósil en la edad de la tierra
Supe del resplandor que bebió la luciérnaga
para lanzarlo como fulgor a los cerezos
y posarlo en la manga de mi camisa

Descifré los hilos del tiempo en el nido de los pájaros
los enigmas del cosmos en sus cantos
en el temblor del agua tus miedos milenarios
                                        
Fueron mis sombras desandando la noche
persiguiendo los orígenes que se escurren
como agua de acequia

Descubrí la fragilidad del barro
en la hierba y el árbol que declinan
en las urgencias que te aniquilan y nos prolongan

Sobre este instante altísimo todo lo entiendo
Somos mar somos sangre galopando
y un grito que zozobra.


NOTICIAS DE HUMO INAUGURAL
Leo en tu señal  
empinada para alcanzar el cielo
que eres grito sagrado
en el rastro que delata el oficio del fuego

Te festejo en cada nube que anticipas
en la lluvia que le engendras
en el rumbo de la brizna que revela
el milagro de los años cantados del árbol
que hoy crepitan en su danza
el destino inaplazable de ser leño

Humo inaugural de presencias ajenas
incienso en otros fuegos
que cocieron en el inicio del tiempo
un barro íntimo de tinajas rebozadas
Te muestras leve
en tus anuncios  legítimos
en la primicia de aquellas piedras
que fueron templo y milagro
donde papá encendía el fuego de la casa
para inaugurar su itinerario prometido

Eres sustancia y espíritu
cuéntame de Heráclito y su cosmos cambiante
entre ignición y enfriamiento
en su aforismo estático
en el devenir de todo lo que fluye

Muéstrame las cavernas y su incendio milenario
las erupciones y el rayo
que confiesan tu presencia fragosa
cuéntame de Prometeo y la antorcha
que encendió en la esfera del sol
del tabaco del abuelo y sus dos leguas de camino

Dame noticias  de lo absoluto de tu esencia
para entender la languidez de esta llama
que vacila entre mis manos
la noche y estos versos.


AL ÁNGEL ESCAPADO


Miguel Torres Pereira


Nacio en Arjona Bolívar (Colombia) 1960
Licenciado en Ciencias de la Educación. Biología
y Química de la Universidad del Atlántico.
Ganador del concurso de poesía Casa Silva en Cartagena,
1993. Premio de poesía Jorge Luis Borges
(Universidad del Magdalena, 1995). Premio
de poesía del Caribe Colombiano (Universidad
del Magdalena, 1998). Primera
mención Concurso Nacional de poesía Gustavo
Ibarra Merlano, 2005.
Autor de los poemarios De luna y piel en otro
Ámbito. Secretaria de Educación Distrital Cartagena (1996).
Estación del Instante. Colección los conjurados.
Común Presencia Editores. Bogotá (2007)  
Cofundador del taller literario Encuentro
con la Palabra.
Antologado en la Antología
de poesía colombiana Nuevas Voces de Fin
de Siglo de Gustavo Revelo,1999.
Antologado en la Antología de la Poesía Colombiana
de Iván Beltrán Castillo. Fundación editorial el perro y la rana.
Caracas Venezuela (2008)
Antologado en la Antología de Poesía Colombiana
“Cincuenta poetas Colombianos y una antología”
ediciones caza de libros Ibagué Colombia 2010.