sábado, 14 de abril de 2012

El DESEO DE LA LUZ


HERNANDO SOCARRAS


(Bogotá, 1945).Adoptado por varias ciudades de la costa atlántica vive actualmente exiliada en una finca cercana a Cartagena de Indias. Autor de Un solo aquello (1980), Trapecios (1981), Piel imagina (1987), Sin manos de atar (1989), Que la tierra te sea leve (1992), Cántico hechizo (1992) y de una antología de su obra titulada Poemas (1994) Hernando Socarrás es otro de nuestros invitados al Conjuro Capital de Común Presencia, con el apoyo de la Fundación Gilberto Alzate Avendaño, que será lanzado dentro de la colección internacional de literatura Los Conjurados.

A la sombra de los espejos nos es dado escribir. Leer poesía. Dudar del tiempo y de los signos que alertan su misterioso contenido.

Los innumerables asuntos de lo poético, como la voz de un río, el diálogo de las semillas, el tacto sobre los organismos que exaltan la voz, la paciencia de cada rito vegetal, el pie, el ojo en formación, la lluvia o los excesos del mar, van y vienen entre nuestras manos y a través del lenguaje se apresuran y hacen parte de nuestra propia inclinación.

La aparición de las palabras y sus sensibles componentes hacen una casa suficiente en la  ESTACIÓN DEL INSTANTE. Libro bello y solitario del poeta MIGUEL TORRES PEREIRA.

Whitman decía que “...no se trata de agarrar el lenguaje por el cuello y obligarlo a producir hermosos resultados. Yo no quiero hermosos resultados, quiero resultados, honestos resultados, expresión, expresión”.

Escribimos por la necesidad de comparar la vida con lo que pudiéramos sentir a cambio de los sueños o de la interpretación movible de esos sueños, que hacen la trayectoria del poeta en el círculo misterioso de la poesía.
Trabajo de expresión. Honesta. Vigorosa. Decidida expresión.

Expresión de las presencias que somos y no somos; signos y figuras -con su historia- en la elusiva nitidez de los ojos; voces que no escuchan; voces sonoras, sin espejo y el muriente ajeno donde se enlazan, silenciosos, los hilos que trabajan el poder de las palabras y el silencio que es atracción, lugar, deseo.

Pero igual permanecen los hechos y las cosas. Permanece conmovida la dulce imaginación. El puente equivocado. La luna ajena.

Todo lo nombramos y hasta lo repetimos.
Instantes de duración personal que permiten órganos despiertos dentro de nosotros. Mueven las manos entre nuestros dedos. Escriben así.

Hay la comprobación del agua para la sed y de la luz, para la sabiduría de un ojo. Pero el poeta sabe que la luz ve. Es la que se asoma desde nuestro pensamiento y recogiendo la ansiedad carnal, se acomoda lentamente en la experiencia de nuestros sentidos.

Seguramente la poesía nos ocurre muy cerca a la desesperación y el sensible material nos deja y continúa. TORRES PEREIRA es el poeta. Hace acuerdos con la quietud:

...la intimidad de la piedra
me ofrecía su espíritu...

Hace acuerdos con el tiempo y con la luz de la que se hace responsable:

Detuve mi partida por creerle a la luz.

Supe del resplandor que bebió la luciérnaga...

El poeta es su complaciente benefactor:

Sobre este instante altísimo todo lo entiendo...

Pero toda poesía es riesgo y laberinto o es respiración y asunto poderoso de la lengua que mueve el azar... mueve los deberes del tiempo.

MIGUEL TORRES compone y arma una medida del silencioso interior que ha de salir con un pretendido encargo. Ser poesía. A pesar de las trampas reservadas, ser poesía.

Y así se atreve:

...no quiero una muerte más
Con mi nacimiento es demasiado.

El carácter grave y la agudeza en la determinación permiten que la memoria convoque los dones entregados al poeta MIGUEL TORRES PEREIRA. Observador minucioso de lo suyo y del contacto con las disposiciones del día.

Amar el texto. Saberlo necesario y en su probable estabilidad jugar el paciente ajedrez de la escritura.


Hay tanta sombra derramada
                                      En el revés de los espejos
Navegamos nuestra propia negación...


Una fuente atrás queda reservada para merecer su poesía y agradecer su nítido insomnio que retorna. Ha mirado y ha escrito por nosotros. Su poesía nos pertenece y nos acoge hasta que:

...la tierra me sea leve.



Hernando Socarrás
Cartagena, Febrero de 2012


Jaime Arturo Martinez,Eparquio Vega, Alvaro Delgado,Miguel Torres Pereira, Argemiro Menco

  
Salomon Verhels, Argemiro Menco, Jaime Arturo Martinez, Hernando Socarràs, Miguel Torres Pereira, Eparquio Vega


Hernando Socarras, Jaime Arturo Martinez; Eparquio Vega Miguel Torres Pereira, Argemiro Menco

 
Argemiro Menco, Jaime Arturo Martinez, Cristo Garcia Tapias, Hernando Socarràs, Miguel Torres Pereira

Hernando Socarrà, Miguel Torres Pereira, Ivàn Beltràn, Argemiro Menco




domingo, 27 de noviembre de 2011



  GONZALO MÁRQUEZ CRISTO


Nació en Bogotá, Colombia, en 1963. Ha publicado dos ediciones del poemario Apocalipsis de la rosa(Quimera del Oro, 1988 - Hojas Sueltas, 1990); la novela Ritual de títeres (ganadora de Beca Colcultura en 1990: Tiempos Modernos Editores, 1992); El Tempestario y otros relatos (Común Presencia Editores, 1998); La palabra liberada (Colección Los Conjurados; Tres ediciones, Bogotá, 2001, 2005 y 2007), la antología Liberación del origen (Universidad Nacional de Colombia, 2003) y Oscuro Nacimiento (Primera Mención concurso nacional José Manuel Arango, Colección Los Conjurados, Tres ediciones, Bogotá, 2005, 2006 y 2007). En 1989 participó en la fundación de la revista cultural Común Presencia (reconocida con Beca Colcultura a mejor publicación cultural del país, 1992.


EL FUEGO

MI PROMESA DE CENIZA

El milagro de la imagen poética protege este nuevo libro de Miguel Torres Pereira. Lo elemental alcanza su insólita y necesaria pulsación. Las fuentes de la infancia, las huellas del animal imaginario que llamamos fuego, el deslumbramiento ante las dulces presencias de la naturaleza, trazan una aparente serenidad donde el poema danza sobre el agua, donde la voz encuentra  un equilibrio siempre dispuesto a lanzarse al abismo. Pues aquí  la poesía  es memoria transfigurada, palabra en vilo, noche devorada, grito verde.

TODO LO ENTIENDO

TODAVÍA SIGO ESCAPANDO A LOS CUCHILLOS

El poeta usurpa el país original del sueño con armas aguzadas, los presagios dibujan su horizonte temerario, la memoria resucita los poderosos signos y entonces el lector puede dialogar con un inconmovible silencio capaz de revelar que la sombra es nuestra imagen tachonada y que un ángel perverso roba siempre su leche materna. Aquí los girasoles persiguen incesantes el ojo del cielo, no existe fuga para la astromelia estremecida, el aroma de los naranjos aflora de esta escritura desolada, y la luz que atrapamos  en las manos conjura la legión de fantasmas de alguna evocación inderrotable.

Poesía: metamorfosis, disolución esencial. Cuando el azul se torna negro, la luna es amenazada  por los bebedores de agua. Este es el lugar de la arcilla investida, de la sed inconclusa del sueño.        
                             
Estación del instante, tiempo cautivo, huida inmóvil, fugaz eternidad del  poema.
                                                                                                    
                                                                               GONZALO MÁRQUEZ CRISTO.
                                                                                POETA Y EDITOR
                                                                                
UN MILAGRO CREPITANTE


Los dioses no sabían que yo amaba
                                      el rito purificador
no advirtieron mi esencia fragorosa
tampoco sospecharon
que la intimidad de la piedra
me ofrecía su espíritu
en el grito de la hoguera

Fue Prometeo jugando con los hombres
quien se atrevió a colocar en sus manos
el fuego
mi promesa de ceniza

                                                                                                 

martes, 9 de agosto de 2011

Fotos Miguel Torres Pereira

Gabriel Garcia Marquez y Miguel Torres Pereira

Argemiro Menco mendoza, Mariana de Castro,Gonzalo Márquez y Miguel  Torres pereira

Argemiro Menco Mendoza,Gonzalo Márquez Cristo, Miguel Torres Pereira

En  Casa de Poesía Silva.  

Gonzalo marquez cristo, Miguel Torres Pereira

Gonzalo Márquez,  Miguel Torres, Argemiro Menco,Amparo Osorio

Jhon Junieles,Santiago Colorado, Gregorio Alvárez, Argemiro, Miguel Torres, René Arrieta y Margarita Vélez

Meira Del Mar y Miguel Torres

Miguel Torres Pereira y Hernando Socarrá

Miguel Torres Pereira y José Ramón Mercado

Miguel Torres, Jhon Junieles y René Arrieta.

Miguel Torres Pereira, Gonzalo Marquez Cristo. Lanzamiento Feria del Libro- Bogotá.

jueves, 4 de agosto de 2011

ESTACION DEL INSTANTE.

CRISTO GARCIA TAPIAS

Poeta, Escritor y Periodista. Nació en Chochó, Sucre, Colombia. Graduado en Filosofía y Letras, Especialista en Gerencia de Recursos Humanos; Diplomado en Finanzas y Seguros. Su poesía ha sido registrada en las siguientes antologías: Quien es quien en la poesía colombiana, Bogotá 1998; Poetas en abril, Medellín 1985; Poetas en el Camino, Sincelejo 1998; Poesía y Poetas de Sucre, Bogotá 1996; Antología de la Poesía Sucreña Contemporánea, Sincelejo 1996.

El Universal. Cartagena 30 Octubre 2008.

La poesía viene a ser esa aventura que confirma al hombre en su esencialidad y lo salva. Una sucesión de instantes que lo prolongan y devienen en la multiplicidad de presencias que lo circundan, definen y materializan.

Nada hay más sustantivo en el hombre que esa condición invisible que la poesía convoca y evoca. Y, como si no bastara el signo de la especie que lo connota, lo insta a reafirmarse en esa evocación como suprema manifestación de existencia.

Cuanto de íntimo y esencial tiene que exteriorizar el hombre, es a la poesía a la que le corresponde mediar en ese tránsito y erigirse en portadora de señales y signos de presencia avasalladora; de asombrosa figuración y realismo que de otra forma no sería dable saber ni conocer:

El milagro de este asombro
festeja signos y presencias
Yo descubro
en tu vientre el temblor de un yodo antiguo
un beso reiterado que esculpe la roca
en una orilla sin tiempo.
Y más acá del alma que en ella adquiere materialidad, conjugada en la poesía deviene la memoria, ese decir que ya no es pero que queda como huella indeleble del existir, de esa sucesión de instantes que no acaban de pasar en la perennidad del hombre. Ni lo dejan sucumbir en el ostracismo del ser:
Sucesión de instantes que callan
sus coordenadas fragorosas
Cuchillos que violentan cada sueño
en la garganta ancestral de este lamento.
Cuajada en la estación del desgarramiento y la pesadumbre, la poesía de Miguel Torres Pereira, Arjona, Bolívar, es ese presentido tránsito de lamentaciones que va por el hombre y, desde el hombre, proclama sus soledades y agonías; su noche prolongada hasta la nada, en la cual habrá de extinguirse:
Mamá cree que la noche apagará su lámpara
teme que la poca luz que aún queda en mis manos
la gasten las luciérnagas para pintar su abdomen
y la noche nos devore.
Pero si los finales, simbolizados en la luz que se extingue, en la noche que lo devora y devuelve a la pavura, son cantados con hondo lirismo por el poeta, no es menor la intensidad con la cual la génesis, el alumbramiento del hombre, la infancia en suma, eclosiona en la poesía íntima de Torres Pereira:
Infancia sagrada ungida con hierbas y asombros
festejada en el filo de la luz
con una ronda de pocas voces.
Porque cuanto de infancia que da en el hombre, sus primeros y definitorios celajes vitales, solo a la poesía le es permitida recobrarlos con vigoroso aliento.
Y todo, porque en infancia y poesía conjuga el hombre prodigiosa memoria contra el olvido, incluido el más perverso de todos los olvidos: el olvido de sí mismos.
Y como en las mitologías que preceden al hombre y lo anuncian, arde en la poesía de Miguel Torres Pereira el fuego que avivará la memoria y prevalecerá en él hasta el fin de los tiempos:
 Fue Prometeo jugando con los hombres
quien se atrevió a colocar en sus manos
el fuego
mi promesa de ceniza.
Ceniza que volverá a ser fuego y como en la mitología, alumbrara el renacer del hombre en la poesía.
Miguel Torres Pereira, Estación del Instante, Poesía, Común Presencia Editores, Bogotá 2007.

elversionista@yahoo.es














viernes, 29 de abril de 2011

LA PALABRA EN EL LÍMITE

Argemiro Menco Mendoza. Poeta, escritor y periodista. Nació en 1948 en Piza (Sucre), Colombia. Es autor de los poemarios Secretos míos,,, (¡al arca de la luz!) (Lealón, Medellín 2000), Las sombras del Asedio (Los Conjurados, Bogotá 2007) y Reseñas de naufragios (Editorial Universidad de Cartagena–Editorial Pluma de Mompox. Bogotá 2010). Antologado en 50 poetas colombianos y Una Antología (Ibagué), por las revistas Prometeo (Medellín), Común Presencia (Bogotá), Cartapacios (México), Candil, Epigrama, Caballito de Mar(Cartagena), El Diario de Aragua (Maracaibo-Venezuela). Ha sido columnista del periódico El Espectador, colaborador de los diarios El Universal, El Heraldo y de revistas literarias de Latinoamérica. Especialista en Universitología y en Didáctica del Lenguaje y la Literatura. Es profesor de la Universidad de Cartagena -donde obtuvo el título de Abogado-, y de la Universidad Tecnológica de Bolívar. En la actualidad prepara la traducción de sus poemas al inglés, portugués e italiano.



Miguel Torres no escamotea los hechos y navega seguro:
explora con pulso firme el paisaje adyacente y el más remoto,
el que bordea los sueños; y, por qué no, el que se asoma a los
abismos de la muerte.
Felipe Santiago Colorado

Después de descubrir cómo perduran los lugares íntimos y el tiempo vivido en La estación del instante –nuevo poemario del poeta Miguel
Torres Pereira–, vale afirmar que su palabra dinamiza espejos de existencia y estados de alma, en instantáneas, donde germina la memoria y papita una mirada de hondas pesadumbres.

Estos lapsos –momentos de momentos– singularizan experiencias de vida vulnerable. Son recintos de celajes altísimos; heridas y nostalgias que unen a la morada con sentimientos cósmicos crecidos en el patio; desasosiegos que se refugian en las preguntas eternas, buscando bajar del cielo o extraer de la tierra caribeña una respuesta, el consuelo del sentido. La sombra del fuego y la lluvia purifican el lodo de la angustia. El sufrimiento se quebranta en la fragilidad de la materia. La abreviatura del destino es epitafio de lo efímero. Lo perdido aparece como si fuese una porción mágica del mundo de Aurelio Arturo. Hay fragmentos de historias donde todo fluye como efecto de una pluma sombría, pues sólo la poesía es el lenguaje capaz de correrle el velo a nuestras hondas laceraciones, las verdaderas miserias.

Un sismógrafo es el poeta cuando registra «el dolor de cada muro», la obra de ese ángel extraño que afila su «angustia milenaria» en sus huesos, el llanto de los dioses y, con mayor razón, las lágrimas lastimadas del origen o las del yo pluralizado. A esto se suma la rudeza de la existencia, «la carga obligada» del cuerpo y ese «sitio obligado», que en el orden metafísico nos corresponde vivir. El poeta
nos expresa un infierno y padece como hombre. Pero sucede que al seguir «escapando a los cuchillos» posterga su desplome hacia el abismo. Declara que la vida es un «instante que le regaló la muerte». Es la dialéctica del eterno vivir y del eterno morir, para luego renacer: la sensación de lo que redunda hasta el hastío: «sólo entonces se repetirá mi génesis/ para morir de nuevo». Asimismo, el Ser del poeta es consciente de su levedad. Él aborda el acontecimiento de la muerte, como lo hizo Montaigne –con lucidez escalofriante, pensándola en cada instante para aprender a morir–. Entonces pareciera que el poeta le pierde el miedo a la muerte, esa otra estación oscura de los últimos instantes. Allí grita encadenada la migración ineluctable.

Representarnos este fondo es lidiar la derrota, hasta en las mínimas intermitencias del La estación… El ejercicio del hablante lírico se torna en gimnasia espiritual que sublima la amenaza, lo más cierto que uno tiene: el más terrible advenimiento. Ahora contemplemos algunos versos que aprisionan «situaciones límites», de las que hablaba Jasper, salpicados por el color y el aroma de la muerte: «la última noche de tus ojos»; segmentos que evocan el suspiro final del padre, «el aroma triste de los últimos cerezos del jardín»; «bebamos pronto el último sorbo», como si fuera la réplica de Sócrates, o de un Omar Khaiyam; la brisa de un invierno estrangulándose en «la garganta del último diluvio».

Crepúsculo y síntesis: una luz extraviada nos revela ilusiones de ceniza: «Ojalá cuando llegue el último sol… la tierra me sea leve». Deseos urgentes del poeta: que el peso entenebrecido se diferencie
de las agujas o las lluvias de octubre que lo trajeron a este mundo. Nuestro ojalá: que, por entonces, el poeta reciba el amor y la ternura que necesita de la Divinidad, para que el instante del adiós definitivo «a estos despojos» de la vida no resulte tan cruel y despiadado.

Saludamos esta noble poesía, distinguida por la sinceridad y el donaire alquímico de su palabra. Es un lenguaje difusor de encantos cuyas imágenes universales nos comunican, con mucha sutileza, los renuevos creativos de su autor.


Argemiro Menco Mendoza

Llueve en el cielo de la alta fantasía


Germán Villamizar. Poeta, traductor y ensayista. Nació en San Jacinto del Cauca, departamento de Bolívar, Colombia. Ha publicado textos y poemas en revistas y periódicos culturales de América Latina. En la actualidad es profesor de literatura en la Universidad Pedagógica Nacional de Bogotá. Autor de Silencio de la Huella, 2003.

El libro de Miguel Torres Pereira, La estación del instante, es un viaje de la fantasía que vuelve con su equipaje-mundo a esculcar los rincones de la casa. Para llegar de nuevo a esa ronda de pocas voces que es la infancia, el poeta descubre un rastro de luces y sombras tejido por recuerdos inconclusos. Imágenes cotidianas inundan la escena: el fuego y la ceniza; el corredor y el patio; el barro y la hierba; el relámpago y la lluvia. Los girasoles se nutren de una doble tragedia: augures del fuego solar, reflejan el frío del tiempo inhóspito. Los baúles, donde quizá Breton podía desdoblar rayos de luna, guardan el eco del pasado y tal vez se nieguen al ritual de la llave en la cerradura.
El rumor de las palabras se deshace en un tríptico extraño en este libro: Atrapando un poco de luz, Orillas confesadas y En otro ámbito. Prisa, límite y contorno, convocados por el poeta. Prisa por sentir que los orígenes se escurren como agua de acequia, como la última constelación de los vencidos; límite en la oquedad del caracol, desplegado en una espiral de augurios, o en el sueño que se refugia en un rincón de la noche para reinventar la cómplice gramática del día; contorno señalado por las alas de los ángeles en la oscura tempestad de los eclipses.
Miguel Torres cabalga entre la imagen del oficiante y el rompeolas de la memoria: la acumulación de tensiones multiplica la tragedia. Como en su poema “Lo que ofrezco al final de la noche”, la voz semeja una lenta letanía que desgrana y siembra objetos en el paisaje del patio, en la madera de la repisa, en el alar sin vuelo del tejado, en la piel del asombro, en la piedra y en el fuego. La tragedia reposa desnuda en palabras que andan por la casa y penetran silenciosas en los ojos sin notificarnos su presencia. Todo es sutil, pero denso, en el poemario de Miguel, hasta en la imagen juguetona en apariencia que intenta borrar el sobresalto:

Mis palabras son sueños
de luciérnagas
que sueñan con estrellas

Una suerte de encabalgamiento de los sueños en que las palabras se hacen luz y el texto resplandece con una claridad de animal y cosmos, de vecindad y lejanía.
Los elementos, o lo elemental, se deshacen  en las páginas de este libro: del fuego o la luz al agua, de la tierra al aire y de estos a la madera, el quinto elemento en la cultura china. El fuego campea desde el primer título hasta el último: se percibe el ruido seco, rápido y repetido del leño que arde y el reflejo de la luz solar que pasando por la luna desaparece en las cuencas sin ojos. Incendio y oscuridad; muerte con alas calcinadas.  Como una eterna promesa, Prometeo encarna en el poeta para alumbrar el texto, aun con la tragedia. Como una efímera promesa, el leño descubre su destino.

Fue prometeo jugando con los hombres
quien se atrevió a colocar en sus manos el fuego

mi promesa de ceniza

La imagen de la tierra se ablanda en el barro, en una especie de amalgama con su opuesto: el agua, o en el patio donde la lluvia deja oír su oscuro canto, o en el tinajero, que es cisterna y fuente, que contiene y se desborda, que aprisiona y purifica destilando el contenido.

la sombra del tinajero y su milagro cóncavo
destilando secretos en el rincón

Recorrer con el poeta los lugares secretos, deambular como fantasma entre los vientos, descifrar el milagro del caracol que se abre al infinito, indagar por los ombligos en los árboles, auscultar lejanías en el aleteo infame de los pájaros, leer el hechizo iluminado o abrevar en el aljibe son rituales a que invita la palabra de Torres Pereira mientras ríe el relámpago en el tenue pabilo de las lámparas.
En este remolino de ausencias, nacen vuelos y caídas ocultos por la presencia de objetos familiares que atestiguan y conjuran los desvelos de una palabra torturada por la angustia, mientras la tinaja de la noche se acurruca en el aljibe  implorando que un día la tierra nos sea leve como el canto.

El poemario de Miguel Torres contó con la ilustración de la pintora Rosnell Baud.

miércoles, 30 de marzo de 2011

El legado de Prometeo

Escrito por Víctor Menco Haeckermann    
Martes, 17 de Noviembre de 2009 15:05 
Miguel Torres Pereira. Estación del instante. Colección Los Conjurados, Bogotá, 2007. 73 páginas.

Cuando los hombres, necesitados de luz y calor perpetuos, recibieron de Prometeo el fuego robado a los dioses, sabían que les sobrevendría un castigo. La mitología griega nos habla de las plagas que por esa causa Zeus mandó al mundo, contenidas en la Caja de Pandora. Pero el poemario Estación del Instante, del escritor colombiano Miguel Torres Pereira, nos revela un castigo más doloroso: El fuego, en las manos de los humanos, nunca sería eterno como el fuego del Olimpo.

Fue entonces que el hombre –si preferimos la recreación del mito que hace el poeta– entendió instintivamente que la llama sería frágil en sus manos. Temeroso de perderla para siempre, la resguardó de la lluvia y el viento en el fondo de la caverna. Allí le construyó un altar y prometió avivarla cada cierto tiempo con el pasto seco de los campos, y sacarla a la intemperie sólo en pequeñas porciones, de antemano destinadas a perecer.

Esta es una de las lecturas que nos permite entender al hombre del que nos habla el poeta Torres Pereira (Arjona, Bolívar, 1960), autor también del poemario De luna y piel en otro ámbito (1996). Este sujeto, a pesar de que se encuentra en la civilización, todavía le teme al regreso de la oscuridad perpetua como castigo divino: “Tal vez esta sombra que se escurre / sea la medida exacta de mi miedo”. Vive aún en ese universo, ya no primitivo, sino primigenio, elemental, como se refleja en el poema Atrapando un poco de luz: “Bastó la orilla vacilante de las seis de la tarde / para entender que aún quedaba luz / entre mis manos / Bastó el corredor apretado de penumbras / para saber que mi madre me pediría prestada / la luz que atrapé para encender su lámpara / y convocar una legión de sombras […] Ahora comprendo por qué la ventana / permanece cerrada / Mamá cree que la noche apagará su lámpara / teme que la poca luz que aún queda en mis manos / la gasten las luciérnagas para pintar su abdomen / y la noche nos devore”.

Como hemos visto, una vez que ha perdido el fuego, este hombre se aferra, como última esperanza, a la claridad de la tarde o a la luz que le ofrecen los relámpagos en medio de la noche (la otra tarde). Necesita así sea de esos destellos de claridad para encontrarse a sí mismo: “En el celaje del relámpago / hallé el camino de la infancia […] Infancia sagrada ungida con hierbas y asombros / festejada en el filo de la luz / con una ronda de pocas voces / Sólo éramos tres anudando / miedos en el reclamo del trueno / en la desolación de los espejos / en los baúles y su abandono / Sólo éramos tres en medio de la tarde / en el corazón de la noche”.

Los tres capítulos del libro: Atrapando un poco de luz, Orillas confesadas y En otro ámbito, están atravesados por esa condena que padece el yo poético: elementos como el humo, indicio del fuego, le recuerdan a su padre inaugurando el día con una fogata como si con ella encendiera la luz diurna, o su abuelo reduciendo el tiempo al fuego. A ese mismo humo le suplica: “Muéstrame las cavernas y su incendio milenario / las erupciones y el rayo / que confiesan tu presencia fragosa / cuéntame de Prometeo y la antorcha / que encendió en la esfera del sol / del tabaco del abuelo y sus dos leguas de camino”.

El fuego terrenal está condenado a extinguirse, es el destino terrible. Es una metáfora de la vida, ya que la vida es una de las estaciones del Ser, o, ese instante que le regala la muerte; de la misma manera en que el fuego, en esencia, contiene su propia ruina: “Fue Prometeo jugando con los hombres / quien se atrevió a colocar en sus manos / el fuego / mi promesa de ceniza”. Sin embargo, el poeta, hijo directo de Prometeo, parece tener su contra-venganza. Porque, a pesar de todo, la luz de los dioses (el sol, el rayo, las estrellas, la luna y todo lo incandescente de la naturaleza) también se vuelve frágil si pasa por el lenguaje poético: al fin y al cabo hay un “relámpago que perece en la tiniebla”, “El aljibe se estremece / Su intimidad de agua / aloja una luna que se deshace / bajo diálogos de lluvia”.

*Escritor e investigador literario.

Fuente: Dominical, diario El Universal, Cartagena, enero 20 de 2008, Nº 1132, pág. 7.

Amigos de Miguel Torres Pereira

Argemiro Menco, Hernando Socarras, Miguel Torres Pereira


Meira Del Mar, Miguel Torres Pereira

Miguel Torres Pereira, Gabriel Garcia Marquez