viernes, 29 de abril de 2011

Llueve en el cielo de la alta fantasía


Germán Villamizar. Poeta, traductor y ensayista. Nació en San Jacinto del Cauca, departamento de Bolívar, Colombia. Ha publicado textos y poemas en revistas y periódicos culturales de América Latina. En la actualidad es profesor de literatura en la Universidad Pedagógica Nacional de Bogotá. Autor de Silencio de la Huella, 2003.

El libro de Miguel Torres Pereira, La estación del instante, es un viaje de la fantasía que vuelve con su equipaje-mundo a esculcar los rincones de la casa. Para llegar de nuevo a esa ronda de pocas voces que es la infancia, el poeta descubre un rastro de luces y sombras tejido por recuerdos inconclusos. Imágenes cotidianas inundan la escena: el fuego y la ceniza; el corredor y el patio; el barro y la hierba; el relámpago y la lluvia. Los girasoles se nutren de una doble tragedia: augures del fuego solar, reflejan el frío del tiempo inhóspito. Los baúles, donde quizá Breton podía desdoblar rayos de luna, guardan el eco del pasado y tal vez se nieguen al ritual de la llave en la cerradura.
El rumor de las palabras se deshace en un tríptico extraño en este libro: Atrapando un poco de luz, Orillas confesadas y En otro ámbito. Prisa, límite y contorno, convocados por el poeta. Prisa por sentir que los orígenes se escurren como agua de acequia, como la última constelación de los vencidos; límite en la oquedad del caracol, desplegado en una espiral de augurios, o en el sueño que se refugia en un rincón de la noche para reinventar la cómplice gramática del día; contorno señalado por las alas de los ángeles en la oscura tempestad de los eclipses.
Miguel Torres cabalga entre la imagen del oficiante y el rompeolas de la memoria: la acumulación de tensiones multiplica la tragedia. Como en su poema “Lo que ofrezco al final de la noche”, la voz semeja una lenta letanía que desgrana y siembra objetos en el paisaje del patio, en la madera de la repisa, en el alar sin vuelo del tejado, en la piel del asombro, en la piedra y en el fuego. La tragedia reposa desnuda en palabras que andan por la casa y penetran silenciosas en los ojos sin notificarnos su presencia. Todo es sutil, pero denso, en el poemario de Miguel, hasta en la imagen juguetona en apariencia que intenta borrar el sobresalto:

Mis palabras son sueños
de luciérnagas
que sueñan con estrellas

Una suerte de encabalgamiento de los sueños en que las palabras se hacen luz y el texto resplandece con una claridad de animal y cosmos, de vecindad y lejanía.
Los elementos, o lo elemental, se deshacen  en las páginas de este libro: del fuego o la luz al agua, de la tierra al aire y de estos a la madera, el quinto elemento en la cultura china. El fuego campea desde el primer título hasta el último: se percibe el ruido seco, rápido y repetido del leño que arde y el reflejo de la luz solar que pasando por la luna desaparece en las cuencas sin ojos. Incendio y oscuridad; muerte con alas calcinadas.  Como una eterna promesa, Prometeo encarna en el poeta para alumbrar el texto, aun con la tragedia. Como una efímera promesa, el leño descubre su destino.

Fue prometeo jugando con los hombres
quien se atrevió a colocar en sus manos el fuego

mi promesa de ceniza

La imagen de la tierra se ablanda en el barro, en una especie de amalgama con su opuesto: el agua, o en el patio donde la lluvia deja oír su oscuro canto, o en el tinajero, que es cisterna y fuente, que contiene y se desborda, que aprisiona y purifica destilando el contenido.

la sombra del tinajero y su milagro cóncavo
destilando secretos en el rincón

Recorrer con el poeta los lugares secretos, deambular como fantasma entre los vientos, descifrar el milagro del caracol que se abre al infinito, indagar por los ombligos en los árboles, auscultar lejanías en el aleteo infame de los pájaros, leer el hechizo iluminado o abrevar en el aljibe son rituales a que invita la palabra de Torres Pereira mientras ríe el relámpago en el tenue pabilo de las lámparas.
En este remolino de ausencias, nacen vuelos y caídas ocultos por la presencia de objetos familiares que atestiguan y conjuran los desvelos de una palabra torturada por la angustia, mientras la tinaja de la noche se acurruca en el aljibe  implorando que un día la tierra nos sea leve como el canto.

El poemario de Miguel Torres contó con la ilustración de la pintora Rosnell Baud.

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